Pareja: KyuMin (Kyuhyun - Sungmin)
Tipo: Yaoi
Género: LEMON, romance, fluff, angst, cómico (?)
Clasificación: Rating N - 17
Advertencias: creo que el lemon es la única
Autora: MariMin^^
Descripción: Sungmin, un joven de cabellos dorados, rebelde a causa de un trauma en su infancia, se verá obligado a volver al rancho de su abuela para enfrentar su pasado. Se encontrará a sí mismo disfrutando como nunca del lugar que más temía, gracias a un apuesto vaquero de ojos castaño y fuerte complexión mandado para "guiarlo" por el lugar que no había pisado en años. Los dos pasarán por momentos difíciles, ya que sus personalidades se encontrarán más de una vez enfrentadas. Se verán envueltos en sentimientos y deseos prohibidos jamás experimentados y por supuesto, las cosas se les pondrán aún más difíciles al conocer a ciertas personas. (soy muy mala haciendo descripciones u.u)
Comentario de la autora: ¡Hola! Por fin posteo algo mío xD La historia en sí es bastante llevadera y pasarán muchas cosas ^^ Habrán otros personajes de SuJu como secundarios y sí, esperemos alguna otra OTP cofcofeunhaecofcof :) Incluiré personajes de otros grupos k-pop y alguno será "malo" así que si son fans, se los advierto por si se molestan (no tengo nada en contra de ell@s solo que algún mal@ tiene que haber xD)Y creo que eso es todo :D Espero que a alguien le guste ya que lo hago por pura diversión de ustedes y mía así que comenten si creen que merece la pena ^^
¡Buena lectura!
La herradura de cristal
Capítulo 1. "Castigo"
El sonido de la música alta, el bullicio de la gente y las distintas luces en movimiento danzaban en su cabeza, formando lagunas de colores que nublaban sus ojos mientras caminaba. Tambaleándose atinó a sentarse en el lujoso sofá del salón. Sentía cuerpos sin rostro a su lado, hablándole, susurrándole, tocándole. Vio cómo se formaba un círculo de gente alrededor de la mesita baja del salón, colocando trocitos de papel con líneas blancas de sustancia sobre ellos. El gentío consumía la sustancia mientras él, ebrio, observaba. Sin dudarlo más, se arrodilló frente a la mesa e imitó a los demás. Risas, música alta, calor, caricias y paz lo invadían mientras se desplomaba sobre su cama, un sillón o el mismo suelo, ya daba igual. La oscuridad cubrió sus ojos y cayó inevitablemente en la inconsciencia. Sin duda, la fiesta de fin de curso en la mansión de los padres del joven más popular del campus sería recordada para siempre.
Se despertó poco a poco con la luz de la mañana perforándole los ojos y aún con la mirada nublada pudo ver que estaba en una habitación de hospital. Se pasó los dedos por su rubia cabellera con el fin de calmar el insoportable dolor de cabeza. Los recuerdos de la noche anterior lo golpearon mientras veía a su madre entrando con el doctor.
-Aunque en los análisis de sangre la presencia de droga saliera positiva, no sufrió una sobre dosis, la gran cantidad de alcohol ingerido provocó su inconsciencia.- Podía ver a su madre con los ojos aguados y mirada neutra hablando con el licenciado. ¿Cuándo había vuelto del viaje de negocios? Si ella estaba ahí seguramente su padre también había regresado. Empezó a hacerse a la idea de los gritos y castigos que le caerían por todo.
-Ahora mismo está estable y puede llevárselo- El hombre dejó la habitación y la mujer, sin mirarlo a los ojos, se dispuso a salir.
-Prepárate para ir a casa, te espero abajo en el coche- dijo con voz dura y un poco quebrada antes de marcharse.
El trayecto hasta la mansión fue en total silencio. Su madre lo ignoraba por completo. Era extraño pero, echaba de menos un grito o algo. Ese silencio lo ponía nervioso.
Varios periodistas con cámaras esperaban en la entrada de la mansión y es que el asunto de drogas sería un gran escándalo sobre el expediente de la prestigiosa familia Lee, ya manchado durante años por el primogénito mayor. Por suerte los cristales eran tintados y se evitaron fotos que avivaran las habladurías.
La familia Lee era una de las más conocidas en todo el país. Poseían la mejor de las cadenas hoteleras, con establecimientos en más de 20 países incluyendo Europa y América. El respeto y la buena fama eran una de las cosas más importantes para los señores Lee pero el hijo mayor, Lee Sungmin, se había encargado de echar tierra al apellido tan reconocido durante los últimos cinco años.
Los gritos llenos de cólera de su padre se oían desde fuera. Suspiró y entró a la sala principal donde su padre se hallaba reclamando a casi todo el personal de la casa por la devastadora fiesta que él había organizado. Los gritos taladraban sus tímpanos provocándole un horrible dolor de cabeza.
-Ellos no tienen la culpa, yo les ordené que no hicieran nada- Con voz dura y decidida se atrevió a interrumpirlo. Su padre se giró para verlo a la cara irradiando rabia por sus ojos.
-¡TÚ! ¡Maldito niño..!- sintió una mano fuerte aferrarse al pecho de su camiseta levantándolo un poco del suelo. Aunque nunca su padre le había puesto la mano encima, giró la cabeza con los ojos cerrados esperando el golpe que seguro merecía. Su madre rápidamente frenó al hombre susurrándole algo en el oído.
El agarre fue perdiendo fuerza hasta hallarse liberado. Sus padres no lo miraban, pero podía apreciar la rabia e impotencia que sufrían en su interior. Tenía ganas de llorar, pero no, no les permitiría que lo vieran tan débil.
-Sube a tu cuarto, mañana hablaremos-
Caminó a paso ligero hasta su habitación y se desplomó sobre su blanca cama dejando tras de sí el sonido del portazo con el que cerró la puerta. Las lágrimas no tardaron en desbordar sus ojos, haciéndolo rabiar más. ¿Con quién estaba enojado? ¿Con sus padres o con él mismo? Estaba claro que la última opción era la correcta. Recordando el pasado, derramando lágrimas contenidas, llorando por lo que ya no estaba se quedó tumbado hasta que el sueño se apoderó de su cuerpo.
Lee Sungmin era un muchacho de 19 años, con el pelo rubio y flequillo ondulado. Sus ojos color chocolate, su nariz fina, su tez nívea y sus labios en forma de corazón formaban un rostro hermoso, digno de un ángel caído del cielo. Aunque su familia era una de las más ricas de todo el país y también muy prestigiosa, parte de su origen provenía de un pueblo humilde y sureño. En concreto, su madre provenía de dicho lugar y lo dejó cuando ingresó a la universidad de la gran ciudad, donde conoció al que es ahora su marido y aunque la familia de éste estuviera en contra del matrimonio, el amor triunfó y llevaron a cabo el negocio que los posicionó en el lugar donde estaban formando al mismo tiempo una hermosa familia con dos hijos, él y su hermano menor, Sungjin.
Al contrario de lo que es ahora, Sungmin siempre había sido desde que nació, un chico dulce, feliz, inquieto, tímido al principio de conocerlo y hasta se podría decir afeminado, gracias a su gusto por el color rosa, los peluches y los dulces, y siempre con el brillo de la alegría y la inocencia adornando sus ojos. Se pasaba las vacaciones de verano y todas las que podía en el rancho de sus abuelos, los padres de su madre. En aquel pueblito donde corría libre y jugaba con su hermano menor, donde su gran adoración (su abuelo) le enseñaba las cosas más bellas de la naturaleza; como el nacimiento de unos polluelos; la siembra de verduras en un huerto; el agua cristalina del manantial cercano; el ordeñar vacas a plena luz del amanecer; y sobre todo, el cuidado de los caballos del establo. Su abuelo había sido más que un padre para él. La unión que tenían se podía apreciar a kilómetros de distancia. Se amaban, y los dos formaban el mejor equipo de abuelo-nieto en las carreras a caballo de las ferias de verano. Los dos poseían espíritu competitivo y desde pequeño habían participado en cada concurso que organizaban las ferias y las fiestas del pueblo. Pero su mundo y todo él se vieron devastados por la terrible tragedia que lo convirtió en gran parte de lo que es ahora. A la edad de 14 años supo lo que era perder uno de los más valiosos tesoros que tenía, pues su abuelo al que tanto quería sufrió un infarto cerebral que acabó con su vida. Un año antes de esto, el viejo ya había sufrido una embolia que lo había dejado postrado ante una cama, por lo que ese año no permitieron a Sungmin visitar el rancho. Después de un año ansiando volver a verlo, éste ya no estaba. Lo había dejado y nunca más volvería. Al enterarse el pequeño, sufrió un grave shock en el que se descontroló y recuperó en un hospital. El vacío en su corazón fue tan profundo que convirtió al niño dulce y feliz en alguien frío y rebelde. Sus padres y los psicólogos a los que había acudido creyeron que la rebeldía del muchacho cambiaría llegado el periodo de adultez, pero ya tenía 19 años, acababa de terminar su primer año de universidad y no se veía atisbo alguno de aquel niño que algún tiempo fue.
Sus actos de rebeldía incrementaron con el paso de los años. Sungmin era el joven más popular y más deseado tanto por chicas y chicos de toda la universidad. Era famoso gracias a su apellido y a sus increíbles habilidades en el canto y las artes marciales. Aunque no era una persona egocéntrica, sabía perfectamente lo que provocaba a su alrededor y había utilizado todos sus atributos para nunca aburrirse. El dinero y la libertad lo habían hecho un joven ambicioso y lógicamente acostumbrado a los mejores lujos. Realmente, no quedaba nada de aquel chico dulce y humilde.
A la mañana siguiente se despertó con los rayos del sol acariciando su rostro. Después de asearse y cambiarse bajó con cautela a por algo de comida. Tenía el estómago vacío. En la cocina se encontró con su hermano menor, Sungjin, desayunando con prisa y casi atragantándose en el intento.
-¡Buenos días hyung!- Le regaló una de sus mejores sonrisas que lo llenaron por completo de esa calidez y cariño que necesitaba en esos momentos.
-¡Yah! Te vas a ahogar si sigues comiendo tan deprisa- contesto divertido con su tono de hermano mayor.- ¿A dónde vas?-
-He quedado con… unos amigos, sí eso, y llego tarde- aquel sonrojo en el rostro del menor y el tono dubitativo le decía que no le estaba contando totalmente la verdad, pero no quiso retrasarlo más y optó por atacarlo a preguntas cuando volviera.
-Hyung, papá y mamá quieren hablar contigo después, cuando termines de desayunar. Me dijeron que los buscaras- se tensó por un momento. Casi había olvidado la charlita y el castigo que le tocaba. Asintió y despeinando los cabellos del menor le regaló una de sus bellas sonrisas que solo unos pocos, como su hermano, eran capaces de presenciar.
-Entendido. Anda ve, llegarás tarde.- Sin más el menor se sobresaltó mirando la hora y saliendo como una bala por la puerta.
Desayunó hasta quedar saciado y entró al despacho de su padre donde se encontraba hablando con su madre o más bien organizando algo. Carraspeó al entrar para que se dieran cuenta de su presencia y al hacerlo dejaron todo de lado y se dirigieron a él. No sabía por qué pero algo le decía que tramaban algo, sus miradas cómplices los delataban y aunque no parecían tan molestos como ayer (cosa que le extrañó) su actitud asustaba más.
-Hijo, sabemos que tú desgraciadamente no has…- la mujer dudó un momento-…superado el fallecimiento del abuelo y…- Error.
-No quiero hablar de eso- cortó firme y sus ojos se nublaron con esa mirada fría que ya tenía acostumbrado a sus padres.
-Escucha a tu madre- Contrapuso el hombre sentado en el gran sillón de cuero. No quería hablar de ello. Se acababa de levantar y lo menos que le apetecía era discutir así que cedió por esta vez. Aguantando las ganas de salir huyendo o de cubrirse las orejas con las manos como un niño pequeño.
-Hemos decidido enviarte de vacaciones al rancho, con la abuela. Hacen casi 5 años que no vuelves y creemos que ya es hora de que la abuela no tenga que desplazarse para ver a su nieto y además, puesto que tú estarás en contra, tómatelo como un castigo por tus actos- La voz de la mujer fue firme y segura, sin dudar esta vez.
Frío. Un tremendo frío inundó su cuerpo congelándolo por completo en el sitio. Sus piernas temblaron y sus manos formaron puños a sus costados. Un tremendo ardor en sus pulmones le indicó que había estado conteniendo el aliento todo ese tiempo y sin esperar, volvió a respirar.
No por favor, todo menos eso.
-¿Qué?- atinó a decir casi en un jadeo y mirando con furia a sus padres.
-Lo que has oído- esta ve fue su padre quien con más autoridad, pronunció esas palabras que lo sentenciaban.
-¿Quieren que vuelva? ¿Para que la abuela no tenga que venir hasta aquí? ¿Cómo castigo?- sus labios tornaron a una sonrisa irónica – Excusas. ¿De verdad creen que haciéndome volver cambiaré a lo que era antes?- no pudo más y estalló subiendo el volumen de su voz.
-Yo soy así, soy como soy y nada hará que cambie así que no iré a perder el tiempo- dijo decidido e intentando ocultar lo mucho que le había afectado esa situación.
-Irás y punto. Piensa lo que quieras, es tu castigo. Tus maletas están en el coche, Kangin te llevará, no lo hagas esperar mucho.- sentenció con voz dura el señor Lee.
Salió huyendo hacia su habitación sin decir más. Desesperado, empezó a buscar una solución. No, esto no le podía estar pasando. No podía volver a ese lugar. Y no joder, claro que no lo había superado aunque le costase reconocerlo. Una mano cálida sobre su hombro lo hizo pegar un salto. Al darse la vuelta, su madre lo miraba con el rostro lleno de lágrimas y mirada suplicante.
-Por favor… Hazlo por mí, cariño- No pudo más, se derrumbó y se aferró a los brazos de su madre, tomándola por sorpresa. Aquel acto avivó las lágrimas de la mujer al notar lo afectado que se encontraba su hijo. Sungmin no pudo reprimir más el llanto. Era demasiado, su pecho dolía y sus piernas le temblaban. Jamás creyó que le afectaría tanto y solo demostraba que no había superado en absoluto la muerte de su abuelo.
-N-No puedo…-
-Demuéstranos que sí, demuéstrate a ti mismo que sí puedes, de una vez por todas. Tu abuela te está esperando y necesita saber que no ha perdido a su nieto también- Tenía razón. ¿Hace cuánto que no hablaba con su abuela? ¿Cuándo fue la última vez que la había abrazado? Cayó en la cuenta de que no había sido justo con ella, y tenía que enmendarlo.
Se quedaron un rato así. Fundiéndose en un abrazo que hacía tanto tiempo no se daban y que por lo menos por parte del menor, no quería que acabara nunca. Descargó parte del peso que oprimía su corazón en él y al darse cuenta de lo débil que parecía en esos momentos, se apartó con delicadeza, como recuperándose de un lapsus. La sonrisa llena de expectación y esperanza de su madre lo llenó por completo veinte veces más que la que Sungjin le había regalado en el desayuno.
-Está bien, iré. Es mi castigo-
Continuará…
Aaahhhh me encantaa! Es precioso! Unnie escribes muy bien ^^. Lee Sungmin el chico rebelde... aaaawww es tan mono :3 sigue por favor. Sigue que tengo ganas de saber como continua esta historia *-*
ResponderEliminarMuchos besos para ti unnie!!
Hola...!! me encanta... demasiado diria yo.. fue bastante trágico lo de su abuelo pobre min victimas de las circunstancias... mira en lo que se convertido... ya quiero mas... saluditos..!!
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